Fotogalería


La chispa dorada
                                                      Por Jerónimo González






    Nació en Stuttgart, Alemania, el 1 de Agosto de 1910, bajo el nombre de Gerta Pohorylle.
    De padres judíos polacos, atravesó una juventud en el privilegio de pertenecer a una familia burguesa. Anhelando el ascenso social en un mundo adverso para los judíos, camufló su condición evitando que la vida social se le mezclara con la vida familiar. Y quizás por esta misma motivación, en 1928 se comprometió con Pieter Bote, un adinerado empresario que la doblaba en edad.
    Pero en 1929, por problemas económicos, la familia entera debió mudarse a Leipzig, una localidad considerablemente menos burguesa que aquella que la vio nacer y crecer.


    Luego de llorar lo perdido, comenzó el tiempo de relaciones nuevas, en un contexto de desocupación, manifestaciones obrero-estudiantiles y el franco crecimiento de un nacionalsocialismo con todo su antisemitismo a flor de piel.
    Fue entonces cuando se enamoró de George Kuritzkes, joven judío nacido en Suiza durante el exilio de su madre, una comunista que había sabido tratarse, ni más ni menos, que con Lenin. En la casa de este muchacho pudo conocer y generar amistades con distintos intelectuales y artistas de la izquierda alemana, lo cual fue fundamental para el despertar de una conciencia política y su formación. Todo esto, sumado al desbarranco del negocio familiar que enterraba la idea del ascenso social, hizo que rompiera con sus antiguos anhelos burgueses y se reconociera, ante todo, judía. 
    Por eso, casi dos años después y aunque creía que era completamente posible estar enamorada de dos o más personas a la vez, regresó a Stuttgart para cancelar su compromiso con Pieter, y al mismo tiempo pasearse sin caretas por aquel mundo que ya no la seducía ni encantaba.


    Dos meses después de asumir Hitler como canciller del Reich en 1933, y luego de un tiempo participando activamente en la resistencia contra el fascismo (sin ser nunca una militante partidaria), cayó presa del régimen durante tres semanas. Duros días durante los cuales simuló perfectamente ser una dama apolítica, hecho que sumado a su pasaporte polaco, le aseguró el sobrevivir.
    Dos meses después de su libertad, se fue de Alemania.


    Llegó Paris, tal como se había ido de Leipzig, rubia, menuda, hermosa, enérgica y pobre. 
    Y no habían transcurrido ni siete semanas de su arribo, que ya tenía charlas coBertolt Brecht, Walter Benjamin, Arthur Koestler, Bretón, Giacometti, entre otros varios referentes del socialismo, el trotskismo, el anarquismo, la Internacional Comunista, la intelectualidad y el arte exiliado.
    Por esos mismos días conoció a André Friedmann, un judío húngaro que, al igual que ella, también andaba por las calles parisinas sin un céntimo y escapándole al nazismo. Pronto se enamoraron y como André era fotógrafo, comenzó a compartirle sus conocimientos: asuntos referidos al uso de la cámara, a lo estrictamente visual y también al increíble mundo del laboratorio. Además, se reunían a diario con fotógrafos del calibre de Henri Cartie Bresson o Chim, entre otros.
    Para 1935, Gerta no solo dominaba con destreza el lenguaje de la fotografía y trabajaba junto a André, como asistente, laboratorista y tomando fotografías, si no que ya era parte de la primera agencia francesa de fotografía,  Alliance Photo, dirigida por María Eisner.


    Pero la cosa no marchaba nada bien. Aunque cada tanto algunas fotos vendían, no resultaban suficientes y el precio era muy bajo. Necesitaban conseguir contratos con las publicaciones del momento, sabían que eso los salvaría de la miseria en la que subsistían, pero no era empresa fácil.
    Entonces a Gerta se le ocurrió una brillante idea:
Creó un personaje de ficción llamado Robert Capa. Este señor era un fotógrafo norteamericano de gran prestigio que había llegado a Europa para vender su trabajo. Pero era tan importante, que no tenía contacto con los medios si no a través de ellos dos (André y Gerta) como sus representantes. Y encima, de tan prestigioso que era cobraba su trabajo tres veces más caro que cualquier fotógrafo en la zona.
    El engaño resultó todo un éxito, y pronto las revistas y diarios franceses comenzaron a comprar sus trabajos y a pagarlos al precio que pedían. Las fotografías, tanto las de ella como las de él, iban firmadas con el nombre de Robert Capa. Y siguiendo con este juego de inventar identidades, Gerta Pohorylle comenzó a llamarse a si misma como Gerda Taro.


    En Julio de 1936 se desata la Guerra Civil española, y tan solo un mes más tarde, Gerda y André se encontraban instalados en Barcelona, motivados por sus ideologías, sus sentidos del compromiso y el afán fotoperiodístico, listos para registrarlo todo con sus cámaras (Friedmann usando Leica y Pohorylle una Rolleiflex de 6x6).
    Durante este año, juntos y bajo la misma firma, entre varias idas y venidas a Paris, realizaron coberturas en Barcelona; Madrid, Córdoba, Aragón (tierra de anarquistas que cautivó a Gerda), Murcia, Toledo y Valencia, trabajos que salieron publicados en revistas como Regards (del Partido Comunista Frances) o VU. Entre tanto, aquella entelequia creada para salir de la miseria se derrumbó al descubrirse sus verdaderas identidades, y es André quién pasó a ser nombrado como Robert Capa. 
    Es precisamente a fines de Diciembre que deciden comenzar a firmar sus trabajos como “Capa & Taro”, siendo esto, además de un gesto por parte del maestro a su alumna (reconociéndola como una fotógrafa con todas las letras), la necesidad de Gerda de comenzar a forjar su propia carrera y salirse de la sombra de Robert (quién se había vuelto muy famoso gracias a la imagen donde capturó la muerte de un miliciano republicano en el cerro Muriano).


    En 1937 regresan a tierra española y Gerda recibe, por parte de la Junta Delegada de Defensa de Madrid y firmado por la Alianza de Intelectuales Antifascistas para Defensa de la Cultura, un carnet oficial de prensa certificando su contrato con el periódico parisino “Ce Soir”. Juntos recorren Málaga, Toledo y Valencia.
    De regreso en Madrid, Capa decide continuar hacia Paris, y Gerda se queda sola hasta Marzo en un país altamente convulsionado, realizando por fin sus primeros trabajos en solitario (cubre la victoria de los republicanos en Guadalajara y visita los frentes cercanos a Madrid). 
    Vuelven a España a principios de Abril, por tan solo unos días a colaborar con la realización de un documental llamado “The Spanish Earth” y dirigido por Joris Ivens, oportunidad ésta en la que conocen a Hernest Hemingway, entre otros sublimes periodistas extranjeros.


    Era Mayo cuando volvieron España, en un creciente distanciamiento de la pareja a nivel afectivo y profesional. El destino fue Barcelona otra vez, pero Gerda estaba sorprendida por el nuevo panorama que la esperaba, esa guerra civil dentro de la guerra civil, la terrible batalla entre comunistas y anarquistasSola en varias ocasiones, visitó Madrid, los frentes en la sierra, Córdoba y acompañó de cerca a las brigadas internacionales.
    
    El 4 de Julio, ambos viajan a Valencia a cubrir la apertura del II Congreso Internacional de Escritores Antifascistas para la Defensa de la Cultura (del cual participaron célebres como Huidobro, Neruda, Cesar Vallejo y Octavio Paz entre otros). Y siguieron las distintas instancias del congreso luego en Barcelona, Madrid y su cierre en la ciudad de París.
    
    Luego de una breve estadía en la ciudad de la luz, regresaron por última vez juntos a España.
El ejército del norte estaba cada vez más cerca de hacerse con el territorio vasco, entonces a principios de Julio la República planeó y llevó adelante, a modo de distracción y buscando la dispersión de las fuerzas enemigas, una ofensiva en los alrededores de Madrid, llamada La Batalla de Brunete
    Capa había retornado a Paris y Gerda estaba sola en la capital española (no tan sola, puesto que en el último tiempo había entablado una curiosa “amistad” con un tal Ted Allan, miembro del servicio médico de las brigadas internacionales). 


    Y hacia allá salió decidida, con sus Leicas y varios rollos de película en el bolso. Pronto se instaló en el frente de combate y supo registrar con envidiable valentía el triunfo de los republicanos, quienes no pudiendo avanzar hacia el noroeste tanto como tenían planeado, se atrincheraron en los alrededores de y en Brunete mismo. Éste fue su mejor trabajo fotoperiodístico personal, y salió publicado en Regards el 22 de Julio.
    De vuelta en Madrid, descubrió que la exposición en los medios de este último trabajo la había vuelto una persona no solo reconocida por los lectores, si no también por el “mundo” de la fotografía. Y eso la puso feliz, por fin comenzaba a perfilarse una prometedora carrera fotográfica.


    Habían pasado solo tres días de la publicación de su trabajo, que volvió nuevamente a Brunete.
    Los nacionales, dispuestos a no entregar el territorio tan fácilmente, con apoyo militar internacional comenzaba su contraofensiva.
    
    La madrugada del Domingo 25, Gerda llamó a su “amigo” Ted, y le pidió que la acompañase hasta el frente. Éste, que estaba enamorado, accedió sin cuestionamientos. Al llegar, se toparon con el comandante de la tropa, Gral. Walter, quién les ordenó retirarse, ya que en ese lugar estaba prohibida la permanencia de cualquiera que no fuese soldado, y mucho más prohibida la presencia de cualquier mujer. Pero Gerda, rebelde como era, no iba a renunciar tan fácilmente,y se escondió en una suerte de trinchera, junto a Ted, que pocas ganas tenía de estar donde estaba.
    Desde esa ubicación protagonista fotografió los incesantes ataques terrestres y aún más aéreos, que las fuerzas franquistas lanzaban sobre los republicanos.


    Quizás porque ya no le quedaba más película, o quizás porque sabía inminente la derrota republicana, al atardecer de ese mismo 25 comenzó la retirada entre el cercano estallido de las bombas.
    En el camino hacia Villanueva de la Cañada, se toparon con el Gral. Walter, quien transportaba algunos heridos y les ofreció llevarlos parados sobre el parante del automóvil. Un movimiento brusco del conductor hizo que Gerda cayera al piso, y la perversión propia del destino que justo en ese momento un tanque diera marcha atrás y la aplastara de la cintura para abajo.
    Falleció pocas horas después. 
    El 26 de Julio. 
    Hace 75 años.


    Aunque haya quienes hablen de constructivismo o influencias de la Nueva Visión, es muy difícil poder hablar de un estilo en su obra, por la sencilla razón de que murió justo cuando lo estaba creando. Lo que si puede resaltarse, es una obediencia a la máxima de Robert Capa que dice “si una fotografía no es lo suficientemente buena, es porque no se está lo suficientemente cerca”. 
    Gerda Taro siempre se mantuvo cerca de lo fotografiado, y no solo en términos de distancia, si no también ideológicos y sentimentales. Encontró en la fotografía ese modo de canalizar su compromiso político libertario, la manera de construir un mundo más justo, mostrando la cara de la guerra desde un lugar no objetivo, desde la mirada de quien se reconocía en contra de todo fascismo.


    Aún hay quiénes la llaman “la mujer de Capa”.
    Llegará el día que nuestra cultura se sacuda tanto machismo impregnado como una costra de miles de años, se dimensione la importancia de su trabajo en aquel entonces (además de su valentía extrema, su ser la primer fotoperiodista muerta cubriendo una guerra, su coraje para dejar huella en el sendero hacia la libertad de la mujer, de su cuerpo, su sentir y su pensamiento), y por fin al pensar en ella alguien diga: 
“Ah, la fotógrafa, la mujer que creó a Robert Capa”


                                               
                                                   







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